martes, 28 de diciembre de 2010

El primer recuerdo nunca se olvida

...Necesitaba un poco de tiempo, sólo tiempo y nada más. Caminó por el extenso pasillo, lo atravesó por completo en menos de un minuto, y se percató de que ya no había nada más, era todo, era el fin del pasillo, ya no había nada más para él en aquella casa.

Echó un vistazo atrás y observó aquellos viejos ventanales a lo largo del pasillo, desnudos y transparentes, como todos esos años, con esas hermosas vistas pulidas, de madera fina, de esa madera de no se carcome con el tiempo, de esa madera que apesar del polvo sigue lustrosa, que apesar de los años sigue con ese olor a tiempo, con ese olor a cedro.

Observó hasta el más pequeño detalle de ese pasillo, a él siempre le había encantado la forma como los rayos de sol vespertinos formaban un triángulo, y como las partículas de polvo suspendidas en el aire hacían su jugueteo, le encantaba ver el polvo en el aire, amaba ver el triángulo que se formaba con el ángulo de la luz atravesando el vitral y el piso de madera, le encataba pisar esa baldosa suelta que provocaba el pronunciado chillido, una y otra vez, pisaba esa baldosa de ida y de vuelta, agachaba un poco su mano izquierda para alcanzar el rayo penetrante de la mañana, y la derecha por las tardes con el mismo fin, pero esto ya no pasaría más.

Las maletas ya estaban listas, en el vestíbulo al final del pasillo, todo estaba preparado, él estaba listo para partir, con la cabeza llena de ideas, y más aún llena de recuerdos, sus primeros recuerdos de siempre, estaban tras aquellas paredes, sus primeros recuerdo de éxito y fracaso, de odio y amor, sus recuerdos más privados, sus recuerdos de egoísmo y perverción, todo lo dejaba atrás, intentando redimir la culpa que lo agazapaba, tratando de dejarlo todo en aquel lugar de pecado, ocultando al mundo todo lo que ahí había acontecido, y que se llevaba sólo con él y nadie más, que se guardaba sólo para él y nadie más. después del último y largo vistazo, respiró muy profundo, respiró tan hondo como pudo y contuvo el aire por unos segundos, luego expelió todo de un jalón, cerró sus ojos por unos tres segundo, agachó la cabeza un instante después, y recordó, trato de recordar aquel primer recuerdo en su memoria cuando niño, lo más antiguo dentro de su necia cabeza eran él de unos 3 años, y su mamá, el de pie sobre la cama de su mamá, preguntando algo, no recordaba la exacta conversación, sólo recordaba como su madre le ayudaba a poner los pantaloncitos, él con el cabello a medio secar, la nariz roja, y aquel suetercito a rayas, azul, gris rojo y blanco, con sus pequeñas manos apoyadas sobre los hombros de su aún jovial madre, intentando acertar el pie en el agujero del pantalón. Era el primer recuerdo que existía en su memoria, él y su madre, devota como toda la vida, entregada como siempre a su amado hijo.

Por más que intento, no pudo concretar su recuerdo, era un recuerdo, uno como esas películas viejas sin sonido, sólo la imágen, no sonido y no letras, el mismo cuadro que se repetía una y otra vez, muy en el fondo él sabía la pregunta que hacía a su madre en ese momento. Con la cabeza inclinada, sus pulmones llenos de aire y sus ojos cerrados terminó su remembranza, y esbozó una sonrisa, mucitó un gemido nasal, abrió sus ojos para terminar de ver aquel pasillo, guardando para sí un último recuerdo.

Llenó sus ojos con aquella hermosa vista de los vitrales y el piso de madera, llenó sus pulmones con el penetrante olor a cedro, levantó la cabeza y con una pequeña sonrisa en su rostro, soltó el aire comprimido en sus pulmones, dió una vuelta, tomó las valijas del vetíbulo y se marchó. Seguro y confiado, ahora ya nada podría detenerlo, almacenar ese último recuerdo era lo único que haría falta para la retirada...

viernes, 10 de diciembre de 2010

Dios me diste una habilidad que aún no aprendo a explotar. Guíame por el buen camino

jueves, 2 de diciembre de 2010

Invierno es ya

Para marcela, pareciera que aún es junio, que el sofocante calor de verano, aún evapora cada líquido en su cuerpo, pareciera pues que el invierno se ha alejado, como si fuese inalcanzable. Y se han quedado las botas altas en el armario, tras ese cerrojo de metal, se han quedado ahí los abrigos y chaquetas, todo bajo llave, impenetrable, todo se ha quedado fuera del alzance.

Marcela triste, sombría como nunca antes, ha decidido insistir, pese que aún es verano en su cuerpo, agregando que aún el frio no causa escalofríos, insiste en abrir el cruel cerrojo que la mantiene a raya, sin avanzar de lugar, sin moverse un centímetro, ni siquiera a un lado o al otro. Marcela en la raya, se muere por avanzar, pero ecuánime y relajada, decide esperar, sabe que la llave en sus manos pronto estará, sabe lo que hay detrás de la puerta, sólo es cosa de ultimar detalles, sólo es cosa de tomar el ritmo del invierno creciente bajo sus pies.

Silencio y tranquila, sabe que la paciencia es crucial, decide esperar un poco, para sin el menor aviso comenzar a actuar, camina despacio, pues conoce el camino, se mueve sigilosa, pues no quiere hacer mucho ruido. Camina en la dirección correcta, a pasos cortos pero seguros, silencio y sigue avanzando, sin hacer nada de ruido, cada paso se ve mas firme que el anterior, de pronto con los ojos cerrados, determinación y reacción, cada paso es verdadero, cada paso la acerca más a la llave, que busca con tanto celo.

Sin reparar en detalle, ella toma la llave, está justo en su mano, está justo donde debe estar, algo sinuoso el camino, pero que a buen ver, ha sabido aprovechar, silenciosa, cautelosa, ha sabido protagonizar la búsqueda de tan anhelada reliquia. En mejores manos no podría estar, ahora el retorno a la puerta, más delicado, no podría ser, cada paso es primordial, el abrir esa puerta es el destino final. Cautelosa, cada vez más firme y complacida se decide acercar, poco a poco, paso a paso, casi en el cerrojo la llave está. Cada segundo es de temer, la llave deseada podría no ser. Marcela se acerca, la llave dentro del cerrojo está, gira su mano en sentido de las manecillas del reloj. Metal con metal, que ruido espantoso, de pronto un click, bota el cerrojo.

La puerta lista, abierta ya está, el sonido de las oxidadas visagras le hacen recordar, el invierno pasado, que cruel de aguantar. Un frio glacial recorre su piel, pero Marcela está lista para el invierno encarar. No más junio, ni verano, el invierno anhelado ha de comenzar.

Se calza sus botas, se llena de abrigos. el verdadero invierno la espera en el llano, que aún no la a azotado con su fuerza brutal. Depués del cerrojo, habrá otro obstáculo aún más cruel que debe parar. Por ahora ella está tranquila, pero sabe que la tormenta viene, cual feroz tigre agazapado, la espera tras la reja, no la dejara escapar, por eso botas y abrigos ella debe calzar.