jueves, 7 de abril de 2011

Plan perfecto




Estaba a punto de renunciar, estaba por tirar todo a la basura sin más, quería irme, escapar, era como una cárcel, pero al mismo tiempo mi único refugio en el universo, ese punto constante que me hacía ser yo, esa única alternativa que me enclaustraba y me liberaba al mismo tiempo, ese lugar me producía los sentimientos más polarizados que existen. Me encontraba en el límite, pero no podía cruzarle, estaba apunto de abandonar la salida y escapar, pero yo mismo no me lo permitía, quería gritar, pero los años de labor me había secado la lengua, la garganta, y las entrañas, no podía silbar, no podía cantar, no podía, no quería, me tragaba las palabras como si fuesen el más exquisito aperitivo matutino.

Aveces despertaba con profundos deseos de muerte, salía de casa y deseaba ser arrollado por un auto a toda velocidad y que mis víceras quedaran esparcidas por el pavimento, me imaginaba como una manada de perros ferales acudían hambrientos al lugar del estropicio, y devoraban sin reparo todo mi contenido abdominal, podía escuchar el crujido producido al mordisquear las costillas, rebanando sin orden cada hueso, era una manada grande, oculta detrás del bosquecito en el centro del parque, corrían sin remedio, comían sin respirar, los más pequeños se enfocaron en mi rostro desdentado por el choque, y raspaban con sus patitas mis mejillas, lamían y mordían mis labios, rasgaban la piel y obtenían los fluidos que deseaban, rasgaban y mordían, comían sin masticar su alimento, lo hacían a toda prisa antes de que otro auto sobrepasara mis restos. Cuando un carro se aproximaba se limitaba a rodear los restos del cuerpo, y pasaba a la velocidad máxima permitida, los perros se escondían entre los arbustos, para salir de nuevo y seguir degustando su platillo. De pronto observaba mi cuerpo desentrañado, desollado, con las cuencas de los ojos vacías, partido en dos, con poca carne sobre los huesos, con arapos desgarrados cubriendo mi sexo, rodeado de una pestilencia insuperable, con tres perros medianos rumiando los huesos de mis piernas, a unos pocos metros de distancia, esa imagen atroz me producía placer y satisfacción, sería la única forma con la cual podría terminar el suplicio. Despertaba de mi breve sueño de unos cuantos segundos, y volvía a los menesteres de mi labor, seguía el resto del día sin recordar siquiera una imagen de esa película de terror en mi mente.

Terminaba mi turno, sacaba los pendientes, y anotaba lo que debía hacer a primera hora del día siguiente, terminaba deseando no volver al día siguiente, salía y seguía a pie pensando en una variada cantidad de posibilidades, como podría morir de la forma más digna, y que las personas lo olvidaran de inmediato, mi muerte con los perros devorando mis entrañas, sonaba como algo que se recuerda por décadas -mira, en esta calle se murió el señor, el que atropellaron y luego los perros lo mordieron y comieron, no dejaron ni siquiera los huesos, pobre hombre, que muerte tan fatal- dirían las personas curiosas al transitar cerca del lugar del accidente, así que empece a planear mi muerte, que no debía ser un suicidio, debía ser una muerte fortuita y cotidiana, sin testigos, sin posibles culpables, sin carta suicida, sin nada de indicara que no habría sido un accidente. -Debió ser un accidente, de eso no hay duda- esa es la frase que quería se escuchara al encuentro de mi cadáver, lástima que no estaría ahí para corroborarlo.

Así inicié el plan mortífero más que perfecto jamás ideado, no había que levantar sospechas, así que terminé el día como cualquier otro, volví a casa, no sin antes pasar a la panadería aledaña para adquirir un bollo con cubierta de chocolate y relleno de pasas, adornado con una hermosa envoltura roja brillante. Pero mi felicidad era evidente, el niño del mostrador empacó mi pan en una bolsa de papel, y me sonrió al darme el cambio, me sorprendió demasiado, por que mi carácter serio y huraño alejaba a los niños generalmente, así que debió haber visto ese brillo perpetuo en mis ojos que nunca antes había dejado que sobrepasara mi pupila. Nos echamos una mirada por un segundo, me dio mi mercancía al mismo tiempo que esbozó una sonrisita pícara, no contesté con el mismo afán, cogí la bolsa, y me volví de espalda sin dar las gracias tomé las monedas del cambio con la mano izquierda y las coloqué en mi bolsillo, no tenía tiempo para intimar con un chiquillo alegre y vivaz, como prometía ser este.